Un susto por menos de 31.000 votos. Las elecciones presidenciales en Austria del pasado domingo nos dejan una "alegría" a medias. El partido de extrema-derecha FPÖ no gobernará en el país, sí lo hará el candidato de Los Verdes Alexander Van der Bellen. Decía a medias, porque la victoria fue en extremis y sólo por una victoria de 0,6% y menos de 31.000 votos, otorgada en los recuentos finales del voto por correo.Este susto no es el primero, pero si enmarca en una suerte de hechos recientes que encaminan a un futuro incierto: los sondeos dan victorias de la extrema derecha en las presidenciales francesas (Le Pen) pero no sólo eso allí, sino ascensos importantes en Alemania, Suecia, Holanda o Finlandia. Todos países donde los refugiados están llegando de forma más o menos masiva y con una opinión pública que no termina de aceptar su integración y protección por parte de las instituciones.
Las elecciones austriacas deberían tener una triple lectura: por un lado, que el avance de la política xenófoba y de extrema-derecha está para quedarse, al menos a medio plazo. No tenemos precendentes -democráticos- para poder observar la evolución de este movimiento, pero está claro que las respuestas de las partidos tradicionales hasta este momento has sido poco acertados. En ningún país este movimiento se ha desinflado, es más, parece que siguen sus ascensos, tras los buenos resultados de la AfD en Alemania en las regionales Renania Palatinado, Sajona Anhalt y Baden-Württemberg y las buenas esperanzas para 2018 con elecciones en Francia, así como comicios regionales o parlamentarios en otros tantos países.
En segundo lugar, que la extrema-derecha ya no asusta el electorado. En las elecciones francesas de 2002, cuando el candidato del Frente Nacional se enfrentaba al líder de centro derecha Chirac, el resultado fue de un 82,21 (Chirac) frente al 17,79% de Le Pen. Los más de sesenta puntos de referencia hacen referencia al respeto que tenían los ciudadanos franceses por tal movimiento: la diferencia en caso de los austriacos es de menos de un punto.
Las elecciones austriacas deberían tener una triple lectura: por un lado, que el avance de la política xenófoba y de extrema-derecha está para quedarse, al menos a medio plazo. No tenemos precendentes -democráticos- para poder observar la evolución de este movimiento, pero está claro que las respuestas de las partidos tradicionales hasta este momento has sido poco acertados. En ningún país este movimiento se ha desinflado, es más, parece que siguen sus ascensos, tras los buenos resultados de la AfD en Alemania en las regionales Renania Palatinado, Sajona Anhalt y Baden-Württemberg y las buenas esperanzas para 2018 con elecciones en Francia, así como comicios regionales o parlamentarios en otros tantos países.
En segundo lugar, que la extrema-derecha ya no asusta el electorado. En las elecciones francesas de 2002, cuando el candidato del Frente Nacional se enfrentaba al líder de centro derecha Chirac, el resultado fue de un 82,21 (Chirac) frente al 17,79% de Le Pen. Los más de sesenta puntos de referencia hacen referencia al respeto que tenían los ciudadanos franceses por tal movimiento: la diferencia en caso de los austriacos es de menos de un punto.
Por último, ningún partido tradicional ha conseguido aguantar el tipo, ni siquiera Los Verdes. Los socialdemócratas y democristianos (SPÖ y ÖVP respectivamente) no consiguieron pasar a la segunda vuelta, y Los verdes, que aún consiguiendo, no fueron capaces de arrollar al candidato de la FPÖ con firmeza. El punto de diferencia sólo refleja un voto de "mal menor", y no tanto, el rechazo claro hacia este tipo de movimientos. También Europa debería empezar a plantearse qué se ha hecho en mal durante esta crisis económica cuando, un candidato claramente euroescéptico, ha sido votado por la mitad de la población austriaca. Un nuevo golpe hacia la confianza del proyecto proeuropeo.
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